EL CRISTAL CON QUE SE MIRA
POEMAS Y CUENTOS



lunes 17 de enero de 2011

Para dejar de fumar o La botellita




Especialmente (reeditado) a pedido de Miss Marple y por supuesto, dedicado a ella. 

Había una larga fila de paraguas. Llovía mucho. Yo, igual que siempre, tenía muchas ganas de fumar, pero estaba haciendo una terapia para dejar. Yo fumo en todos lados, incluso bajo el paraguas. Saqué el encendedor, casi se me cae el paraguas, después saqué los cigarros que estaban envueltos en una planilla que había que llenar cada vez que quisieras fumar. Los tenía en el bolsillo del saco sport. Sujeté los cigarrillos y la planilla bajo la pera mientras sacaba del otro bolsillo la birome y saqué la planilla. Prolijo, anoté la hora, la razón por la que iba a fumar, llené los otros 6 ítems, día, hora, grado de importancia del cigarrillo, qué estaba haciendo cuando lo iba a fumar, etc. y guardé los cigarros adentro de la planilla, sujeté la planilla con una gomita y metí todo en el bolsillo. Ahí me di cuenta que me había olvidado de sacar el cigarrillo para fumar después de llenar toda la planilla. Y que tenía que volver a sacar los cigarros…Ya se me había mojado todo el culo de tanto mover el paraguas para sacar el cigarrillo. Ya me sentía un perfecto boludo. Bueno, la más pura verdad, casi siempre me siento así. Si me decido a contarles, más vale que sea todo. 
Yo tenía mi botellita de agua en la mano. Porque nos mandaron tomar mucha agua para eliminar la nicotina. Pensé que ya que no lo había prendido mejor tomaba agua y me lo salteaba. La idea por ahora era evitar fumar todos los que pudiera. Maniobré con el paraguas, abrí la botella y tomé, ahí mismo, un sorbo de agua. La dejé abierta porque la tenía que tomar con pajita me explicaron…cigarro, pajita…pajita, cigarro, ¿Se entiende? me dijo la terapeuta, mirándome como todas, como boludo, además de adicto… Y también me dijo que fumara agarrando el cigarro entre el meñique y el anular.
Mi paraguas es difícil de manipular porque es casi tan grande como una sombrilla, así que tuve que hacer magia para que no se me cayera al piso la botellita.
De golpe, la mina más divina que se puedan imaginar apareció al lado mío en la cola. El agua le chorreaba por la frente, por la blusa, por la cadera. A decir verdad, tenía toda la blusa pegada al pecho. Se le marcaba todo… Ah! Qué terrible…Yo lo primero que pensé fue en fumar, nada más para calmar la excitación, los nervios…Pero no iba a empezar a mover todo el paraguas para sacar los cigarros de adentro del bolsillo y de adentro de la planilla, y menos escribir… Así que junté coraje y decidí no fumar, hasta juré para mis adentros que si me daba bola yo no fumaba más. Estaba tentado de tocarla… ¿sería por el síndrome de abstinencia? En la próxima sesión voy a preguntar. Yo la miré y empecé a chorrear sudor. Parecía que el paraguas estuviera lleno de agujeros y que yo me estuviera mojando de tanta agua que me corría por la frente y la cara… Y no hacía calor. Reconocí el síntoma y manoteé un chicle de nicotina y me lo puse. Lo empecé a pasar de un lado a otro de la boca, como nos enseñaron. Ella no tenía ningún paraguas, ni siquiera un pilot. Alta, rubia, de esas mujeres que te das vuelta para mirar cuando vas por la calle, tenía como 25 años, y estaba re buena...No sé de dónde saqué coraje, pero, pegando el chicle a un costado de la boca, la invité a usar mi paraguas. Ninguna mina me da bola, pero ella aceptó. Yo puse el paraguas sobre ella, como el caballero que soy, y quedé, ahí si, con todo el culo afuera del paraguas. Los cigarros seguro que debían estar empapados. Pero no importaba. Ahora tenía que cumplir lo prometido. No iba a fumar más. Después me dijo que tenía frío. Pasé el chicle para el otro cachete y le ofrecí mi saco.
Ella aceptó y me dio las gracias. Estaba ansiosa. Movía las manos todo el tiempo, como palpando el aire. Igual hacía yo con el chicle, lo paseaba por la boca. Yo ya estaba como loco y me di cuenta de que no me importaban nada los cigarros, ni la planilla ni nada y que quería que ella me palpara así, como palpaba el aire.
Se tocaba la pancita. Se le veía el ombligo…Ah…. Le pregunté si tenía hambre y le ofrecí un sándwich que tenía en el bolsillo, que era el mismo de la planilla y los cigarros. Tuve problemas para sacarlo, sin tirar todo a la mierda, pero lo logré.
Ella se lo comió todo, despacito. Es una mina con el sí fácil, pensé, entusiasmado… Pero al mismo tiempo que lo comía lo acariciaba. Era medio raro lo de la caricia… porque eso de acariciar la comida yo no lo había visto nunca como ningún fetiche y mirá que me como los programas de i-sat y los especiales sobre sexo que dan en el cable. Además, me leo a Donato todas las semanas, a ver si puedo aprender algo de los tipos que van al telo. Porque yo, práctica no tengo mucha. Lo mío es la teoría. Ando volando con las abstracciones. Y yo, ese fetiche, no conozco. Yo la miraba embobado. Y pensaba en otras caricias….
Se pasó las manos por el cuerpo, las piernas y el pelo. Fue como un reconocimiento que hizo. Ahorro palabras…¿Para qué les voy a decir, si ya se imaginan?
-¿Hay algo más que me puedas dar?- me dijo… ¡Sí, les juro, eso me dijo! De la impresión me tragué el chicle. Por supuesto que yo, aunque sorprendido por el éxito, porque las mujeres ni siquiera me contestan cuando les pregunto si pasó el 127, entendí la indirecta, la saqué como un caballero de la cola, ella me siguió los pasos, y me la llevé a mi casa.
Nos acostamos. Evidentemente, era su primera vez. Yo, con toda la teoría que tengo, me dí cuenta enseguida. Era medio raro en una mina así, pero entonces mi hazaña cada vez tenía mayores proporciones! Y que conste que estoy hablando de las proporciones de la hazaña, y no de otras proporciones…En esas meditaciones estaba, cuando escucho:
-Quiero más- Y bueno…
Lo volvimos a hacer. Porque yo, como dije, un caballero. Sólo la hice esperar unos minutos, minucias…
Ella más bien parecía una presa recién salida de la cárcel. Yo, un caballero, pero después del segundo, ya no podía más….Había quedado muerto…Y además, me olvidé de mi promesa, ya no aguanté más y saqué la planilla, y la llené paso a paso, mientras ella me miraba con cara de no entender... Después saqué los cigarros del bolsillo del pantalón, medio mojados, y prendí uno. ¡ Ah, qué placer ! Lo agarré por supuesto entre el meñique y el anular, como dijo la terapeuta. Me quemaba un poco, pero, era algo. En eso la miro y veo que la insaciable había fruncido la nariz, como con asco.
-Me voy- me dijo. Le di una pitada honda al cigarro como si quisiera fumarme 10 juntos y lo apagué, pero ya era tarde… Ella juntó sus cosas.
Empezó a llover otra vez. Fuerte.
Me adelanté y le ofrecí el paraguas.
Lo agarró y me pidió la botellita.
Yo se la di. Ella la empezó a retorcer con las manos, después la pisó y la tiró a la basura cuando llegamos a la vereda.
-¿Qué hacés? - le decía yo…Una y otra vez. Ella no me contestaba.
-La necesito….Yo… La botellita…
Me contestó recién después de tres veces que le pregunté, igual que cuando espero el 127. Los ojos le echaban chispas.
-La tiro, porque yo no me meto más en esa botella. Acá afuera estoy mucho mejor y soy libre. Me gusta lo que me da la vida. Pero ahora me voy a la cola a ver si consigo otro caballero que me dé más, cuando yo le pido y que no prefiera en lugar de eso escribir en una hojita y ponerse en la boca esos cilindritos blancos que largan ese olor tan asqueroso… Justo cuando hiciste eso, yo estaba por preguntarte cuáles eran tus otros dos deseos… Nosotras, ya no somos como las de antes…Concedemos deseos, pero también nos tienen que cumplir los nuestros….Y vos…
Tuvo piedad. Sin agregar más nada, se fue, bamboleando las caderas, a la cola de nuevo, y yo, metí la mano en el bolsillo, saqué los cigarros y los rompí todos. Y fui, como loco, a buscar otra botellita…
En una de esas, se me aparecía una morocha…y si no, paciencia, por lo menos dejaba de fumar…
Otros dejarán de fumar por convicción, por cuidar su salud, por los hijos…Yo dejé para no sentirme más como un boludo. Y, aunque las demás mujeres me siguen mirando igual que siempre, por lo menos, la terapeuta, no.


miércoles 8 de diciembre de 2010

hipnosis

Pecho mordido de agujas rojas
te retobaste encabalgado en la catrera
miraste fijo a la muerte fulera
y le inoculaste la falopa
de creer en la ilusión
de soñar que es una mina
que enarbola el corazón
y ama a todo el que camina.

lunes 22 de noviembre de 2010

Homenaje

Para los actores y actrices del Grupo de Teatro del IDEJO


El actor empluma el ala
y levanta roja la mirada,
vela desplegada,
con la garganta en la boca,
el verbo en los dientes,
y la palabra impaciente.

La lengua trémula
desploma el telón
La luna de marfil
se prende y se apaga
El aire se pone añil
La música se encuadra

Ellas y ellos
suben, vuelan, siembran
sus briosos corazones
con gruesa llovizna
en la quieta tierra
de mi alma en grietas.

Suena un acordeón
explotan los aplausos.
Se me detona el corazón

En mi butaca,
de las tablas y de mí
Nace potente
una hiedra color rubí
que trepa y sube
fuerte
resucitando
hasta a la muerte

viernes 8 de octubre de 2010

EL LUDO

Dice el abuelo que los dìas de lluvia
los angeles chiquitos se vienen desde el sol
y bailotean prendidos a las cometas
flores del primer cielo, caña y papel color.
José Carbajal


Hoy estuve rodeada de niños. Es difícil decir ahora si cuando yo los vi, venían del cielo o del infierno o habían salido del purgatorio y entraban al paraíso o eran de los que no tendrían ni siquiera esos lugares. Lo cierto es que uno de ellos sabía más de la vida que el mismo diablo, y no por diablo, ni por viejo.

Justo me tocó trabajar en la papelería en el preciso momento en que juega Uruguay. Salgo a la vereda a mirar las caras de las personas porque hoy nadie va a entrar a comprar nada, así por lo menos veo alguna gente. Tengo una enorme voracidad por el contacto humano. Hay algo de canibalismo espiritual en eso- me digo a veces. Pero casi no hay gente. Casi todos los uruguayos están frente a alguna pantalla. En la T.V. del negocio de enfrente hay dos personas mirando como mosquitas pegadas a la luz.
La radio, en el fondo de la papelería, se desgañita relatando el partido de Uruguay – Holanda. Me queda solo una banderita y ya se me acabaron todas las calcomanías, los cuadernos, las agendas, los portalápices, las cartucheras y todo lo celeste que hubiera en la papelería. Hasta la tinta de la fotocopiadora de color celeste se me terminó. Solo me quedan cuatro rollos de cartulina, unas hojas de papel cometa celeste, un maquillaje celeste y uno amarillo. Pero no creo que nadie venga hoy a comprarlos.
Un niño entra a pedir y le regalo unos caramelos, uno de los rollos y el papel cometa celeste. Después viene otro niño y otro y otro y a todos les termino regalando caramelos y el resto de los rollos de cartulina y del papel cometa celeste. Les pinto la cara de celeste y se llevan el potecito de maquillaje.
Una señora de tapado marrón se para en la vidriera a mirar los juegos de geometría. Aparte de los niños, debe ser la única que anda por la calle a esta hora. Tendrá algún niño y necesita comprarle algo para la escuela, pienso primero. Pero después, a medida que pasan los minutos se me ocurre que realmente, parece que tuviera una fijación con los juegos de geometría, porque los recorre con la mirada a todos una y otra vez. Miento. Cada tanto mira también los juegos de caja: el ajedrez, la guerra naval y los demás juegos infantiles.
Por último, se queda mirando fijamente el ludo. Uno tiene que haber llegado recién a la Tierra o sufrir de una amnesia profunda para mirar tan detenidamente el ludo- me digo. Por momentos pienso que, debajo del tapado marrón, hay una metralleta y que todo es una pantalla para coparme la papelería. Si mi imaginación no para me van a internar.
Por fin no resisto más y me acerco un poco. Ahí descubro la verdad. Está llorando. Claro, me digo, por eso se queda de espaldas a la calle. No quiere ser vista por los transeúntes. Llora para la vidriera. Se mira llorar en la vidriera y eso la hace llorar más. Es de las tantas lloronas que pasan por este negocio. Pero yo soy muy discreta con esto del dolor. Agarro un paquete de pañuelos descartables y me dirijo a la señora. Se lo alcanzo y lo único que le digo es:
- Son diez pesos
Como dije, tengo un fino tacto.
Ella abre su cartera de cuero y me da una moneda. Y sigue llorando, sin abrir el paquete. Es de las que no pueden parar de llorar. Así que le agarro el paquete de la mano, se lo abro y le tiendo una hojita.
También soy ejecutiva. La señora se seca las lágrimas.
- Así está mejor- le digo
- Gracias- dice ella, mientras se suena la nariz con otra hojita que le alcanzo- Ya estoy mejor. No es nada, no es nada. Los juegos de geometría me producen una tristeza abrumadora. Las damas me ponen la piel de gallina y el ludo me hace llorar. Disculpe las molestias.
Mi corta vida me ha puesto en circunstancias de escuchar las más variadas confesiones, pero como ésta, ninguna. Chapeau.
- Voy a llevarme esa banderita de Uruguay- me dice sonándose la nariz.
- Bueno – le digo y se la doy - ¿Así que los juegos infantiles, no?
Quiero entender lo que le pasa. Como tengo tacto, solo le digo eso. Es que yo no soy una simple estudiante de literatura.
También coqueteo con la psicología. Cuando era chica jugaba a los doctores. Ahora, me especialicé. El cuerpo humano no me interesa. Solo su psiquis.
- Así que… algo que hubiera podido ser para un niño o una niña le desencadena…
Desafortunadamente, mi delicadeza no es percibida y la señora empieza a llorar otra vez.
Otra vez los pañuelitos. Le doy uno tras otro.
Todo el Uruguay está en silencio seguramente mirando el partido menos nosotras dos.
Antes del partido se escucharon redoblantes, matracas y cornetas pero ahora hasta el aire está suspendido. Nadie tiene frío ni calor. Hasta el viento paró.
Un niño chico se le acerca a pedir. Lo conozco. Es uno de los que vino más temprano. Ahora tiene toda la cara sucia, parece un mapa con territorios delimitados por líneas marrones. En uno de los cachetes tiene la marca de un golpe fuerte. Un moretón. En la pierna unas magulladuras y varios moretones más. Además tiene unas líneas celestes desprolijas pintadas en el otro cachete. Seguro se las hizo con el maquillaje que yo les regalé. Se nota que después de pintarse las líneas ha llorado. O quizás hace días que llora.
Él se acerca a ella y la mira. Ella busca algo en la cartera para darle. Le da una moneda. El niño la agarra y le pide la banderita. La vuelve a mirar a los ojos. Se diría que la examina.
Dos de los niños que vinieron antes se han fabricado unas improvisadas cometas celestes y pasan con ellas casi por encima de nosotros.
- No llores- le dice el niño. Aguantáte. Yo me aguanto cuando el tipo de mi vieja me pega. Y me aguanté cuando me quedé sin cometa.
Sus ojos y su cara dicen que no.
- La mujer se pone de nuevo a llorar y le da la banderita.
En ese momento, la radio grita un gol de Uruguay. Las personas paradas frente a la pantalla del negocio de enfrente saltan como mosquitas electrocutadas. Mucha gente sale a las veredas. La calle entera se llena de papelitos gritados que tiran desde las ventanas. La gente se abraza por la calle, se palmean, saltan todos juntos, se amontonan, se arremolinan. La alegría se propaga como una pandemia.
Los niños a los que les regalé los caramelos y los rollos pasan corriendo y desparramando cartulinitas celestes hasta agotarlas. Han soltado las cometas, que vuelan allá lejos.
Yo salto, grito el gol, abrazo a la señora. Ella me abraza. Aplaudimos. El fervor llena el termómetro. El niño se abraza a la señora. Le pasa la mano por la cara:
- Bué, está bien. Yo también lloro a veces, pero si vos no llorás más, yo tampoco. Te prometo- le dice el niño y cruza un par de índices sucios en su boca.
Ella no contesta. Sigue llorando. Es más, cada vez que el niño le habla, ella llora un poquito más.
- Ta. Te devuelvo la banderita. Pero no llores más. Me lo tenés que prometer.
- Bueno- dijo ella, calmándose un poco- Pero quedate con la banderita. No es eso.
Después de eso, vinieron los dos goles de Holanda.
La calle quedó silenciosa como un cementerio. Sobre el piso, los pedacitos de cartulina celeste agonizaban.
La señora empezó a mirar para el lado de los ludos.
- Ahora que vamos perdiendo, no vayas a llorar- le dijo él- con gran perspicacia.
- Es que no puedo…- empezó a decir ella- y la voz se le quebró.
- Sí que podés. Vas a ver.
El niño se tiró a saltar al medio de la calle, agitando la pequeña gran banderita y se puso a gritar:
- ¡Vamos Uruguay, vamos! ¡Aguante la celeste! ¡Hay que seguir! ¡Hay que seguir! ¡Dale, señora! ¡Dale, vení conmigo!
Ella dudó, miró los ludos…
- ¡Dale, apuráte! - le dijo el niño- ¡Vamos Uruguay! ¡Aguante Uruguay! ¡No te rindas! ¡No llores, Celeste! ¡Aguante Uruguay!
Ella corrió al medio de la calle. El niño sacó el pote de maquillaje y pintó con el dedo unas rayas celestes apuradas en la cara de la señora. Entonces ella también empezó a, a saltar, gritar, a pelear abrazada al niño.
El celeste no se le salía, porque ella ya no lloraba.
Yo corrí para atrás de la vidriera y saqué los ludos, los juegos de geometría y todos los juegos infantiles y llené todo de agendas, calculadoras y libros para adultos.
Yo también tenía que colaborar con algo.
Me fui a pintar un sol amarillo en la cara. Primero tuve que agarrar un pañuelito para secarme bien la cara antes de maquillarla, porque si no el amarillo no me iba a agarrar.
No sé de dónde venía el niño, a lo mejor del sol, como dice el Sabalero. Pero no se le veían las alas.

domingo 19 de septiembre de 2010

La visionaria

Ella me mira y entrecierra los ojos como hacen los miopes cuando no usan los lentes, y tratan de enfocar, pero no es corta de vista, porque esos filos de pupila me atraviesan y desnudan. Puedo sentir el poder de esos ojos, que acarician y demuelen, en cada anhelante poro de mi piel.
No es el día ni es la noche. Es la penumbra que antecede al momento de morir de amor, a la certeza de que todo lo vivido antes fue polvo, cenizas dando vuelta en torbellino para conducirme a este momento en que sus ojos afinados me miraron.


Esto decía una de las hojas que encontré hoy sobre el mostrador. Mi compañero de la mañana me dejó ésta y otras para que terminara de fotocopiarlas porque se la trajeron cuando ya cerraba. Estas son las situaciones en las que sacar una trivial fotocopia puede convertirse en un acto que te cambia la vida. Para mí, descubrir quién ha escrito estas palabras y para quién se ha vuelto instantáneamente la prioridad número 1

Comienzo por usar todos mis sentidos para examinar la hoja. Porque cuando miro, toco o huelo una hoja puedo sentir la energía diciéndome quién la escribió, por qué y en qué circunstancias. Ya sé que todo esto suena raro, pero, aunque no se lo puedo decir a cualquiera, soy visionaria.
La hoja no huele bien. Tiene olor a cigarro fumado en la madrugada, olor a cigarro desvelado y culpable, porque se fuma en una casa en la que hay niños. Un hombre casado. No. Es divorciado. Lleva a sus niños a dormir a su casa los sábados. Hoy es lunes. Lo escribió anteayer. El tacto de la hoja tiene una vibración a buena persona, laburante, soñador. Un hombre que busca su felicidad, un hombre capaz de apasionarse por una mujer. Ha perdido hace poco su trabajo y por eso está muy mal. Lo único que le está sosteniendo el espíritu en pie es su encuentro reciente con una muchacha más joven que él, que lo ha deslumbrado. Una muchacha a quien él tiene cierto temor de enfrentar. Teme el rechazo. Una muchacha a quien él mira desde lejos, desde cierta distancia. Ella también lo mira.

Lo que veo en la hoja son unas pequeñas arrugas y una aureola que ha dejado una gota que cayó sobre ella y fue limpiada. Podría engañarme creyendo que fue una lágrima, pero mis ojos visionarios me dicen que no. Este hombre no ha llorado. Es la gota de un té que se tomó en la madrugada, acompañando el cigarro, un té para calentar el cuerpo contracturado de frío, para templar el alma y poder escribir algo bello que conquiste a la mujer amada. Su única esperanza.

Un momento. La hoja emite un sonido. Si. Lo emite. Si no eres capaz de aceptar esto, debes dejar de escucharme. Acéptalo. Sucede de un modo similar a la forma en que tú me lees y casi puedes escucharme y percibir mi respiración cada vez más agitada, porque te aseguro que de la hoja se escapa un nombre. Mi nombre. No hay duda posible ya. La hoja dice: Ana. Lo dice. El hombre que ha traído esta página lo ha hecho deliberadamente para que yo la viera, por eso llegó sobre la hora de finalización del turno matutino, para que mi compañero no tuviera tiempo de sacarla y llegara a mis manos y yo supiera que él existe, que me ama. Ya lo estoy amando. No puedo ponerle rostro, pero lo amo. ¿Será el muchacho que hoy me crucé en la esquina de Yi y San José? ¿Será el señor que se toma todos los días el 121 conmigo y que me mira desde el asiento de los bobos? ¿Será otro que no logro identificar? Yo ya me enamoré de la hoja y por tanto de él. Ya está. Lo del agente de servicio 223 ha pasado en este preciso momento a la historia.
Este es el elegido. Solo debo esperar y lo conoceré.

Se escucha la campanilla de la puerta.
- Hoy de mañana dejé unas páginas para fotocopiar. El muchacho estaba apurado y me dijo que viniera de tarde. ¿Están prontas?.... Ah, me las estás sacando. Una es esa que tenés en la mano.
Mi mirada va de arriba hacia abajo:
Pelo negro, brillante. Ojos azules que miran tiernos de atrás de unos gruesos lentes. El gesto amable, algo ansioso. Pecas sobre sus mejillas. Orejas sin caravanas. Cuello fino y largo. No hay registro visual de la nuez de Adán. Senos de mujer. Caderas de mujer. Es definitivamente una mujer. Hembra. Sexo femenino.
Empiezo a dudar de mis percepciones, pero no puede ser que les haya errado a todas. Un hombre le tiene que haber escrito esto. No sería para mí, pero por lo menos ella se tiene que llamar como yo.
- ¿Te llamás Ana? ¿Alguien escribió esto para vos?
- No, me llamo Ximena. Lo escribí yo
Yo quedo mirando la hoja. Tiene aliento a traición.
- ¿Lo leíste? ¿Te gustó? Y necesitaba hacerle copias porque me voy a presentar en un concurso de cuentos. ¿Te molestaría leer alguno?
Puntos suspensivos. No digo nada. Su tono es culpable. Como si me pidiera que le saliera de garantía en algún crédito o que le diera plata prestada. La agarraría del pescuezo hasta encontrarle la nuez de Adán…
Es vital para mí- me dice - muy avergonzada, la muy mentirosa.
Tener la vida de alguien en mis manos me hace sentir importante. Y sigue:
- Hoy, si no sos una escritora reconocida, es difícil encontrar lectores, y eso que puse en práctica todas las estrategias… Fui a todas las editoriales y nada…
Más puntos suspensivos.
- Publiqué en un blog… Visité a todos los que pude y les dejé mi enlace, pero nadie me devuelve la visita y cuando dejan algún comentario me mienten, me dicen que escribo bárbaro, pero dicen lo mismo en todos los blogs. Es una cortesía perversa. Me hice una cuenta en Facebook, tengo como mil “amigos” a fuerza de convocar todos los nombres del directorio y aceptar todas las sugerencias. Me ponen muchos “Me gusta” pero nunca comentan nada así que sospecho que en realidad ni siquiera leen lo que escribo…
Escritora con problemas de autoestima y necesidad de lectores y me había encontrado a mi como tabla de salvación. Aunque yo leyera y le dijera que estaba bueno, no me iba a creer.
- Ahá, bueno, perdoná pero se me rompió la fotocopiadora y no te voy a poder sacar las copias. La verdad es que miré por arriba lo que decía la hoja, pero no me enganché… Además, yo estoy muy ocupada. Estudio literatura, ¿sabés? Y cuando uno estudia literatura, verdaderamente tiene que administrar muy bien su tiempo de lectura para que alcance para todo lo que de veras es importante leer. Perdoná. Vas a tener que ir a otro lado.
Le devuelvo las hojas como si estuvieran contaminadas.
Veo como se hunde en el medio del pasillo de la papelería como si fueran arenas movedizas.
No es la primera vez que la frustración amorosa me envilece hasta llegar así a la mentira, pero después de todo, me siento muy decepcionada. Tengo que aprender a desconfiar de la literatura. Tiene la perversidad de engañar todos los sentidos.
La muchacha se va. Creo que llora. Rompe unos papeles en la calle y los deja que vuelen con la brisita que viene bajando por Paraguay. Además de mentirme, es una sucia. No me importa. No se puede jugar así con los sentimientos de los demás, por lo menos con los míos.
Y ahora que lo pienso mejor creo que mi agente de Servicio 223 se merece una segunda oportunidad.

viernes 10 de septiembre de 2010

Paraíso

¡Paraíso! – grita un niño mientras casi levanta vuelo y está a punto de llegar a la meta. El niño tiene la pelambrera alborotada, pero dividida en dos partes simétricas y una cara de indio medio tristona. Juega a la rayuela en la vereda de la papelería.
Tiene una gorra de paño gris, un pantalón de felpa marrón y tiradores.
- ¡No juego, eso es trampa!- le dice otro
- ¡Perdiste, perdiste!*- interviene un tercero.
- Si- dice Florencio Sánchez- que crece y crece a toda velocidad convirtiéndose en un hombre de 35 años - Si, perdí, pero soy porfiado. No ha alumbrado aún todo lo que puedo alumbrar.
Toda su vida ha transcurrido en cinco minutos.
Entra a la papelería seguido de una multitud. Se sienta un instante en una silla de ruedas, pero inmediatamente se acuesta en una cama que está al lado del mostrador.
- En tu corazón libertario, todavía reinamos nosotros, los desheredados, los descalzos, los zaparrastrosos, los flojos planetarios, los inútiles errantes, los miserables placentarios. Nosotros, los que duramos apenas, los que estamos contra las cuerdas, nosotros los hijos naturales de la tierra…- dice la manifestación de personas que entran a la papelería y la llenan.

En el mostrador de la papelería hay una ruleta. El crupier agita el brazo y suelta la bolilla diciendo:
- ¡Hagan juego, signori! Más rápido, monsieur. ¡Juega el Ícaro oriental! ¡El juego está por terminar! ¡Hagan juego!¡No va más!
La multitud va desfilando frente a la cama de Florencio y también pasan a mi lado. Cada uno dice una breve frase de amor y despedida.
- Es el indio, el pobre, el desahuciado.
- El ácrata de los corajes. El bohemio enamorado.
- Florencio Sánchez. El dramaturgo malogrado
- ¡Eres la flecha que lanzó el país!
- La simiente para parir ¡por fin!
-¡Un uruguayo ilustre! ¡Nuestro corredor de fuste!
Entra rápido Canillita con unos diarios bajo el brazo. Corre hasta el mostrador. Se sube ahí y le dice que se esté quieto, que no se destape. Yo lo ayudo y le acomodo la frazada a Florencio.
- ¡Eso! ¡Bien tapadito! Si se está quieto, sudará bien y mañana podrá salir*- le dice Canillita
- ¿Estás llorando?- le pregunta Florencio y casi no se lo oye…
- ¡No!...Si yo no lloro… ¡Es que me da un estrilo!*
- No llores- le dice Florencio - ¿Me reconoces?
- ¡Claro! ¡Usted es Don Florencio Sánchez, el gran escritor, póngase bien que tiene mucho que hacer… Igual usted no puede morirse. ¡Justo usted! Justo usted que es el inventor de Los inmortales del café con leche! *1
Florencio queda con los ojos fijos en el techo:
- ¡Inmortal!- le dice Canillita- pero veo que llora a escondidas…
Entra la muerte y se sienta en el borde de la cama. Le sonríe y lo abraza. Escucho que bajito Florencio le dice:
- Tal vez sea coronado de rubio laurel dorado… ¡Ay, Si tan sólo pudiera volver atrás a mi aldea!
- No tengas miedo. Soy mejor que lo que conociste hasta ahora.
- ¿Quién dijo miedo? *2
Me despierto de golpe de mi sueño. Como asfixiada sobre el calor de la fotocopiadora. No puedo evitar decir, como si no lo supiera:
- ¡Se murió !
Entonces, se me acerca Canillita. Me hace una guiñada.
- Shhh...¡Ya dije que es inmortal! ¡Mirá!- Me señala la vereda
La piedra de la rayuela está en el aire y Florencio salta otra vez en un pie.
- ¡Paraíso! *3


* Lo señalado con asterisco sin numerar es parte de la obra dramática de Florencio Sánchez
* 1 Florencio Sánchez bautizó al café Santos Dumont: "Los inmortales"
y a los canillitas "los inmortales del café con leche"
* 2 Últimas palabras de F.Sánchez, antes de morir, según su amigo Santiago Devic

* 3 Adaptación de escenas de la obra dramática "Todos somos Florencio" de Rossana Mutarelli que
se estrenará el Sábado 20 de noviembre a las 21 horas, en el Teatro Florencio Sánchez, en
el marco del Año Sánchez por grupo de teatro de jóvenes del IDEJO

viernes 27 de agosto de 2010

Como un aliento

Hoy me pidieron que viniera de mañana porque hay que terminar el inventario.
En el color, las mañanas no se distinguen de las noches. Solo tienen esa cosa inminente de algo que comienza: Como un aliento.
El cielo de la noche y el de las siete de la mañana son igualmente oscuros. Pero, de mañana, los pobres borrachos de la calle Mercedes hace rato que duermen en los umbrales como muñecos de trapos y papeles húmedos, y han dejado de ser los zombies tambaleantes que emergen en la noche, luego de haber descubierto que nada comenzará al día siguiente de ningún otro modo.
Meto la llave en la cerradura. No tengo miedo. Adentro me espera el mate, la estufa, mis ratones, los sacapuntas y los cuadernos, las gomas y los portaminas, porque hoy hay que terminar el inventario. Y a lo mejor está también, ahora que pienso, el agente de servicio 223. Porque alguna que otra vez está a la hora que tiene que estar.
-Es un chanta- decía Don Alberto, que descanse en paz
El Agente llega media hora después que yo. Me mira con cara de culpable. Yo ya estoy haciendo el inventario. Respira agitado. Se masajea las sienes. Abre tanto los ojos que parece que estuvieran trepándose a sus cejas.
-Disculpe, Señorita Anita. Llegué tarde porque vengo de un procedimiento.
-Ahá- le digo automáticamente.
-Me salvé de chiripa. Estuvo muy peligroso. Incautamos dos toneladas de marihuana, dos de cocaína y un arsenal... 300 granadas de mano y 10 metralletas.
-Ahá, digo sin inmutarme, como el Rodríguez de Espínola frente al diablo, mientras empiezo a contar en voz alta las gomas. La literatura como estrategia de vida, pienso. Él continúa enfervorizado tratando de provocarme alguna conmoción. Ya soy casi Rodríguez. Inconmovible frente al palabrerío del diablo.
-También había dos masculinos proxenetas y media docena de femeninas en pleno ejercicio de la prostitución.Encontramos varios miles de dólares y cuando estábamos a punto de aprehenderlos…
-¿A los dólares?
Sé que no debí intervenir. Pero me tentó el diablo. No hay caso, no tengo conducta. No llego ni a los pies de Rodríguez, el inmutable.
-Señorita Anita, me refiero a los cuerpos del delito. Cuando estábamos a punto de aprehenderlos, uno de ellos me tomó por sorpresa del cuello y ¡pin!, ¡pun!, ¡pan!, logré reducirlo sin problemas. Tuvimos que participar varios efectivos policiales de la unidad de delitos complejos. Y el procedimiento duró desde ayer de noche hasta hoy de madrugada. Por eso llegué tarde.
Yo a esa altura había terminado de contar las gomas para el inventario y ya contaba a un volumen audible desde la vereda, para ver si se callaba:
-40 cajas de gomas de 20 gomas cada una son 600 gomas.
Yo usaba la estrategia de la indirecta y la redundancia combinadas, a ver si se daba por enterado de mi indiferencia.
-Me olvidaba, encontramos también cuatro bazookas y 12 rifles de mira telescópica y había una bomba que seguro era casi nuclear.
Termino con las gomas y sigo con los portaminas. El agente ignora mi sutil propaganda anti armamentista y sigue enumerando y contabilizando pistolas automáticas, máscaras antigas, cartuchos, balas. Esta vez no logrará tentarme- me digo.
- ¿Vio el informativo antes de venir?
- 43, 44, 45….50 portaminas.
- Le decía si no vio el informativo
- No
- Ah...Por…
- 56, 57, 58…
- Le decía porque aparecí ante cámaras
- 59, 60, 61…
- Le concedí al canal 4 una entrevista exclusiva.
- Ahá. Perdí la cuenta. 51, 52, 53…
- Me sacaron de medio perfil, ¿sabe? El periodista me preguntó cómo me sentía en ese momento, luego de una hazaña policial de esta magnitud, así dijo, ¿sabe? Hazaña, magnitud. Y adivine qué, entonces yo me acordé de que hoy yo venía acá y que me habían avisado que usted venía también y entonces le dije al periodista que yo me sentía muy bien, muy orgulloso y que se lo quería dedicar a la Srta. Anita, que seguramente me estaba viendo en este momento, y pensé que como me había pasado esta hazaña, yo iba a comenzar este día de un modo diferente y que por primera vez, al dedicarle yo la hazaña, usted me iba a prestar un poquito de atención e íbamos a poder tomar un mate juntos, y pensé también que, como había inventario, yo podría ayudarla a contar las gomas entre mate y mate.
Yo, a esa altura, ya había perdido la cuenta de los portaminas y mi cabeza se había metido en un vértigo de pensamientos contradictorios: unos me gritaban que volviera a empezar con la cuenta, congelándolo con la mirada o que llamara a los ratones o invocara a Rodríguez, al diablo y a cualquier conjuro conocido, y otros pensamientos me decían que esta mañana tenía esa cosa inminente de algo que comienza. Se sentía ese aliento.
Al final, no soy Rodríguez. Soy Anita, qué le vamos a hacer.
- ¿Así que fue muy peligroso el procedimiento? Cuénteme un poco más…

lunes 23 de agosto de 2010

Papelería los inmortales: Una luz de esperanza

La tarde atraviesa Paraguay en zigzag hasta llegar a la Papelería. Bosteza contra las vidrieras empañándolas. Se cuela por las estanterías y los filos de los sacapuntas en vano intentan cortarle unas horas, para transformarla en una tarde capaz de dibujarme una sonrisa. Yo estoy acá otra vez, como todos los días. Necesito tomarme un descanso, salir a pasear, escaparme un poco de este lugar, estar al sol, pero no hay caso. No puedo. Soy la única para todo. Y encima hoy, las horas pasan y nadie entra.
La tarde me contagia sus bostezos y me siento lánguida, en frontera con el desmayo. Apoyo la cabeza en mi mano con voluntad de dejarla ahí, desgajándola del tronco, haciéndola girar 180 grados para que pueda observar y dirigirse al resto de mi misma, así tengo con quien hablar.
La papelería es un caldo de cultivo para las personas que están al borde de la esquizofrenia, como yo. Ya casi puedo ver cómo mi cuerpo se separa de mi cabeza. Es que no hay peor combinación que la del hastío con la soledad.
- ¡Arriba las manos!
Siento una luz de esperanza.
- No puedo
- Arriba las manos – la voz antes gritona, se vuelve suplicante- Esto es un asalto.
- Ya te dije que no puedo – lo tuteo, no sé por qué.
Una alegría me recorre. Por fin una emoción. No muy fuerte, pero algo es algo. Ahora lo importante es que me entienda. Porque no es tan fácil salir de ese estado próximo a la esquizofrenia. Ya le dije que no puedo, pero parece que el ladrón es duro de entendederas.
- Esto es un asalto – la voz recalca el verbo ser y se pone didáctica.
- Será, pero no puedo levantar las manos- Enfatizo el “no puedo”
- ¿Es parapléjica? – Dice el chorro con alarma y angustia. Es sorprendente el vocabulario de este ladrón.
- No, pero tengo la mano ocupada. La mano derecha me sostiene la cabeza, que está distanciándose de mi misma. ¿No se nota? Fijate bien. Si querés levanto un pie.
- No se burle – dice ya a punto de lagrimeo.
- Pero no, de ningún modo. Se me acaba de despertar la esquizofrenia. Me estaba dividiendo, para tener un interlocutor. Es que me ha tomado el hastío de la tarde, me siento tan sola y decaída…Todavía no reacciono. Se precisa algo más fuerte que un robo para hacerme reaccionar.
- ¿Algo más fuerte? No estoy en condiciones. No me exija eso, se lo pido por favor. No va con mi perfil. Y no abuse… Levante una mano, aunque sea. Sea buenita…
- Bueno, te levanto la izquierda. Como aviso de desodorante ¿Más contento? Podés tutearme si querés. Eso ayuda.
- Si. Ahora está mejor. Bueno, ahora dame la plata de la caja
- No puedo
- ¿Otra vez? Dámela con la izquierda si eso te facilita las cosas, por favor…
Se le quiebra la voz. Es tan amable. Es un poco lento también, pero tan tierno, casi virgen. Le veo potencial. No sabe en qué manos ha caído. No imagina el jugo que le voy a sacar a esto. Mi cabeza ha vuelto a su lugar. Estoy entera de nuevo, estableciendo estrategias y roles. Por fin ha pasado el hastío. Reina de nuevo mi imaginación. Y si…
- No es eso. Si querés puedo darte la caja de la plata, pero la plata de la caja no, porque no hay plata en la caja – le digo haciendo uso de mis dones pedagógicos.
- ¡No puede ser, no puede ser! No me puede estar pasando esto. Debo estar soñando. Me siento frustrado, impotente. Pellízqueme.
Me ha vuelto a tratar de usted. No hay caso. Tiene un natural respetuoso. Cada vez le veo más posibilidades. Lo pellizco con la mano izquierda. Grita.
- No grites, te van a descubrir.
- Tiene razón, gracias. Bueno. Está demostrado que no es un sueño.
- No sé…Puedo estar soñando yo. Vos podés estar en mi sueño… Comprobemos, por favor…
El ladrón me pellizca con extrema delicadeza.
- Con esa manera de pellizcar nadie se despierta de un sueño. ¡Más polenta, hombre!
- Pero más fuerte no puedo. Ya le dije que no es ese mi perfil
- A ver, paráte ahí, apuntáme con firmeza y poné tu mejor cara de malandro -
- ¿Así?
Es la última prueba que le tomo. Veo que es casi perfecto. Varonil, pero delicado. Bien educado. Dócil. Complaciente.
- No, así no. Te falta fruncir el ceño. Tenés que levantar el revólver más arriba, no podés temblar así. Mirá, no servís para esto. Yo que vos me dedico a otra cosa. Si querés te consigo un trabajo acá mismo. El muchacho de la mañana renunció.
- ¿En serio? ¿Haría eso por mí?
- Por supuesto. Fijate, ¿ves? Así se prende la fotocopiadora. Después ponés las hojas por acá y las sacás por acá. Así, ¿se entiende? Bueno, lo que cobrás lo ponés en esta caja. Toda la mercadería tiene precio. Ves, ya tenés mejor cara. Usá el tono amable ese que tenés que te va a ir bárbaro con los clientes.
Cuando no haya nadie para atender, te ponés acá y hacés el inventario. No te asustes si ves algún ratón. No hacen nada. Bueno, empezá ahora que yo tengo que ir a hacer un mandado hasta la verdulería y a hacer unos trámites urgentes. Necesito despejarme. Son muchas horas seguidas acá adentro. Seguro vuelvo en dos o tres horitas. No te pongas nervioso. Si entra algún ladrón, tocá el botón de pánico que está ahí abajo y enseguida viene el de seguridad que está parado ahí en la puerta. ¿Lo ves? Ese de gris que está mirando para acá. Bueno, mucha suerte en tu primer día de trabajo.

miércoles 18 de agosto de 2010

Papelería Los inmortales: Los físico culturistas

- Si, guardáme un melón para después
- Te lo llevo cuando pase por la papelería. Se me acabó la reserva de biromes. Después voy, Anita
- Ta, dale

Todo el mundo necesita escribir, el verdulero, el carnicero, las prostitutas de la esquina y también los físicos culturistas del gimnasio de al lado.
Cuando entran- porque siempre vienen los cuatro juntos- de camiseta sin mangas y shorts, aunque haya 10 ° bajo cero de sensación térmica, el termómetro que está al lado de la caja sube cuatro o cinco grados.
Aceitados, mantecosos, los músculos irradian energía y encandilan bajo los neones de la vidriera. Mi imaginación vuela entonces otra vez. No, no en esa dirección. Visualizo melones, zapallos y sandías hinchándose y levantando pesas. Por las formas redondeadas y por culpa de mi imaginación, ya enfermiza.
De los cuatro solo habla uno. Parecen una sociedad de ventrílocuos dueños de un solo muñeco. Éste logra comunicarse. Los demás parecen tener también una hipertrofia muscular en las cuerdas vocales que les impide emitir sonidos articulados. Inarticulados sí emiten porque antes de hacer sus ejercicios de pesas diarios, salen a correr por Paraguay hacia Uruguay y a veces entran en la papelería sonorizando y sudorizando el ambiente.
Hoy la papelería fue colonizada a la voz de:
-UN, LAR, Dó, tacatacataca, tré, luré
-¿Cómo dijo? – les pregunto.
-¡Unl, car, ta, car! ¡Un,dó,tré!
-No estoy preparada. Para la papelería no pedían idiomas.
Santas palabras. Todos quedan mudos y quietos menos él, el hispanohablante articulado. Estaban haciendo precalentamiento, saltando mientras hablaban y no se les entendía nada.
-¿Tenés una carpeta tamaño carta?
No puedo dejar de percibir que sus anteriores silabeos presentan coincidencias fónicas con su actual solicitud de mercadería.
-Si
Saco un par de ratones locatarios de entre las carpetas. Les he tomado cariño. Me acompañan bastante. Los deposito delicadamente sobre la alfombra de alto tránsito. Hay que ver cómo saltan los cuatro melones. Dicho sea esto con el mayor de los respetos y sin pretender sugerir otras connotaciones por fuera de las que corresponden a las formas redondeadas.
-¿Te gusta ésta?
Entonces el homínido más azapallado de los cuatro emite un sonido gutural, el asandiado lo sigue con otro cristalino y el hispanohablante corona la frase que al final, luego de mi reconstrucción lingüística suena así:

-Si, es ideal para nuestras necesidades.

Mi curiosidad es lo único que puede llegar a hacer de mi misma un ser innoble. Lo que dicen me interroga, me interpela, me convoca. Las verdades, incluso las de plástico, me obsesionan. Pero los cuatro pagan de inmediato y se van sin darme tiempo a hacer ninguna pregunta. Y yo me quedo así, sin saber cuáles son las necesidades de los melones aceitosos. Salgo a la calle. Sigo la carpeta que llevan en lo alto, pasando entre la gente, porque la sacuden como una bandera.
Uno de los físicos culturistas agitadores saca unas hojas algo arrugadas de una riñonera. ¿Para qué quieren una carpeta si los papeles están arrugados? ¿Será poesía? ¿Tendrán un club secreto de físico culturismo poético? Porque meten las hojas en la carpeta en medio de un ceremonial, que tiene algo de complicidad y de conjura. Sus plexos se dilatan de alivio. Sonríen y no puedo evitar pensar en las semillas de los zapallos. No tengo cura. Me tengo que hacer ver. Ya sé y no es solo mi opinión. Ya me lo han dicho.
Segundos después, me acecha la culpa. Me pongo a pensar en las horas que han sometido a sus cuerpos a férrea disciplina hasta volverlos broncíneos y deiformes como los de Aquiles y Héctor. Trato de fijar esa imagen colgándoles algún escudo y subiéndolos a algún carro tirado por caballos que baten cascos. Llego al momento en que Patroclo se enfrenta a Aquiles, pero un bocinazo me desvanece todo y reaparecen las ya mencionadas hortalizas.
Detrás del paragolpe de un coche estacionado, yo observo sin que ellos me vean que se les cae una de las hojitas. Tan solo una. Suspendo mi corazón y me estiro cual Muslera, hasta que revoloteando la hojita llega a mis manos, y entre manchas como de manteca puedo ver que dice:





Presupuesto
Precio mayorista
Para cuatro, según detalle que se adjunta:

Prótesis ortopédica de poliuretano expandido
Pene size “L” 2
Pene size “XL” 2
Con conexión USB

Total: US$ 25:000

Artículos exonerados de I.V.A
Última tecnología
Hiperquinéticos-Hipoalergénicos
Sumergibles - Biodegradables
Batería de 3 celdas
Autonomía por 2 horas

Sin contraindicaciones
Oferta válida por treinta días.
Pág. Web: peneavoluntad@hotmail.com


Y bueno. Es el posmodernismo ha llegado hasta los físico culturistas. Se ve que entre tanta redondez y estiramiento, se les perdieron otras formas.
Como en el fondo soy un alma buena e imagino la desazón al descubrir que les falta este presupuesto entre los otros que tienen, voy corriendo hasta la papelería, pongo el papel en un sobre y voy hasta el Gimnasio y lo paso por debajo de la puerta.
-Al final, ¿te llevo el melón o lo llevás ahora?- Me dice de pasada el verdulero
-No, gracias. Mejor dame bananas.

domingo 15 de agosto de 2010

El charquito

"Abandonad toda esperanza
Vosotros los que entráis..."

(Inscripción Puerta del Infierno
Divina Comedia, Dante Alighieri)

- Ah, me olvidé de decirte…Doble faz
- Bueno. ¿Cuántas? Tampoco me dijo…
- Eh…50. Con eso alcanza, sí.
El servicio de fotocopiado lo atiendo yo desde el mediodía hasta la hora del cierre. Esa es la hora en la que en el centro de Montevideo, salen los bicharracos a la calle, un universo de figurines: las siluetas desflecadas a contraluz, el desfile de estresados, varias ráfagas consecutivas de apurados, además de los humanos casi zombies, que parecen restos de gente, sumados a los que piden y los que asaltan y los que juntan ceniza para armarse la pasta.
Si fuera creyente, pensaría que Satanás revuelve Montevideo con la cola, mientras ésta cocina a fuego lento a estos pobres diablos. Todos los días llega uno de ellos a mi mostrador. La papelería absorbe por todos sus papeles, cartones y cartucheras la poesía decadente que exudan estos personajes que pasan y se van.
Mis estudios de literatura no son tan ricos como esta actualización constante de mi catálogo de personajes.
Otros días estoy malhumorada, pero hoy estoy vacía, casi desesperanzada. Mi esperanza se ha vuelto una gotera y puedo ver un charquito verde limón, sobre la alfombra de alto tránsito de la papelería.
- Me están esperando en un taxi
- Bueno. Ya va…
El desconocido está tenso, como si le fueran a hacer una fibrocolonoscopía sin anestesia en tres segundos.
A veces no puedo evitar que mi imaginación vuele así. Miro su mano. Tiene un anillo voluminoso con la inicial “D” ¿Demetrio? ¿Dillan? ¿Duvimioso?
Viste con elegancia. Traje cruzado negro. Camisa blanca, corbata roja e insólitamente, gemelos rojos. ¿Modelo? Pelo negro, muy cuidado. Barbita corta en la pera. Bigote bastante fino. Manos afiladas. ¿Pianista?
No es como Ricardo Fort, ni como el otro zapallo del jurado de Tinelli, pero su ropa tiene excentricidad de camarín. De medio perfil, se parece un poco a Sean Connery, pero no tanto como para que me tire en sus brazos en el acto.
Doy vuelta la hoja distraídamente, y veo el taxi estacionado en la puerta.
La tarde está lloviendo discretamente sobre el lomo de Montevideo.
- Acá tenés- dice “D”- y me paga.
- Gracias.
Este hombre me intranquiliza. Mejor que se vaya. Tiene la
mirada encendida. Si se queda un minuto más, le salto encima.
Lo miro irse. Se sube al taxi y chau. Mis ojos se detienen sobre el mostrador. Se olvidó de un cuaderno rojo, como los gemelos y la corbata, de tapas duras. No hago ni el amague para ir a alcanzárselo.
El charquito se va poniendo verde botella. Saber algo, obtener la verdad, me colorea intensamente la esperanza, como si me conectaran un suero. Tengo la oportunidad de salir de estas cuatro paredes, de invadir una vida privada y lo voy a hacer antes de que vuelva a buscarlo. “D” dice también la tapa del cuaderno. ¿Damian? ¿Daniel? ¿Duilio?
Son años de Tutti fruti.
Busco alguna pista en el cuaderno.
En la primera hoja dice:
Hoy se lo voy a decir
¿Qué cosa va a decir? ¿A quién? No dice nada más. ¿Estará hablando de la mujer que lo esperaba en el taxi? ¿Estará hablando de mí? ¿Y si me quisiera decir algo a mi?
Y más adelante, dos hojas después:

Su mirada me atraviesa, me tritura, me muele.
Es un Infierno y duele, pero después viene el alivio de las cosas verdaderas. El paraíso es una mentira, tiene nubes de papel crepé hechas por escolares bajo la mirada despiadada de maestras sádicas


El infierno es el fuego que alojo
Porque no puedo tocarte.
El silencio es tóxico
Clava su ancla en mi garganta
Todo se pondrá rojo
Ya no me queda esperanza


D tiene que decirle algo a alguien. ¿A una mujer? En todo caso, todo tiene que ver con hablar o callar secretos. Daría todo por saber.
El taxi vuelve. El señor “D” se baja. Cada vez me parece más un poeta. Cierro el cuaderno y lo tapo con un rollo de nylon y espero que “D” se acerque de nuevo. Me pongo a ordenar unos sacapuntas en su caja de cartón. Después pienso que nadie ordena sacapuntas en una caja de cartón, a no ser que sea por una razón especial, y que no es verosímil mi cobertura. Los dejo caer en catarata desde el mostrador y se estrellan contra el piso en el preciso lugar por el que deberá pasar “D” cuando venga a buscar su cuaderno. Quizás me ayude a recogerlos.
Después de todo, los caballeros siempre alcanzan a las damas el pañuelo que se les ha caído. Lo mío es nada más que una variación en el objeto.
- ¿Dónde está mi cuaderno? Me lo dejé acá hace un momento
“D” me pisa dos sacapuntas y se siente el cricck, cricck de los plásticos rotos. Pequeños trozos verdes y rojos quedan incrustados en la alfombra de alto tránsito. No se inmuta. Otra vez cara de fibrocolonoscopía. Así no se parece tanto a Sean.
- ¿Un cuaderno? No sé… No me di cuenta. ¿Era muy importante para usted?
- Si. No estuve en ningún otro lado. Tengo unas anotaciones allí que necesito. Tiene que estar por acá. ¿No lo vio?
- ¿Yo? No…
Pongo mi mejor cara de compasión. Cierro la fotocopiadora, salgo de atrás del mostrador, lo ayudo a buscar por todos lados, cuidando que no se acerque al rollo de nylon.
- ¿El cuaderno tiene algún nombre? ¿Usted cómo se llama? Yo siempre digo que es importante saber la verdad, que se la digan a una o que uno la diga, como sea, hay que decir las cosas, ¿no? Porque después uno se envenena con ellas y…
No me habla. Me mira. Y su silencio me obtura la boca. Como siempre, mis palabras son catarata, mi lengua es enemiga. Se dio cuenta. Me cocina a fuego lento con la mirada. Necesito una distracción.
Con el codo tiro un exhibidor de caramelos. El piso queda como después de romper una piñata.
Él se queda de pie. Los gemelos rojos quedan a la altura de mi nariz. Luce como un gigante, mientras yo estoy en cuatro patas y junto los caramelos. Desde allí le tiendo la mano con uno de ellos convidándolo. No me acepta ninguno. ¿Diabético?
Parece que tuviera una fogata en cada ojo. Está furioso, pienso. Pero, no.
- Devuélvame el cuaderno- me implora - Lo necesito. ¿Qué quiere a cambio?
- La verdad. Quiero saber. Cuénteme
- Puedo decirle mi nombre: Benjamín Legrand.
- ¿Y la “D”?- le pregunto, y ya desbocada - Vamos…Usted miente. Podría haber inventado algo más convincente que ese seudónimo tan antitético. ¿Es “D” de Darwin, de Dantón…De…?
- Devuélvame el cuaderno, por favor. Ahí tengo todo. Pídame lo que quiera ¿Qué desea? Puedo darle lo que me pida, oro, poder, lo que sea, menos la verdad, a cambio del cuaderno.
- Se pisó el palito- saber la verdad me tranquiliza tanto que ni me inmuta su revelación- ¿Cómo debo llamarlo? ¿Belcebú o Mefistófeles o Lucifer? Por estos pagos le llamamos mandinga…Por lo visto- señalo el anillo- Diablo a secas.
El diablo se ríe mucho. La carcajada queda muda en el aire y me dice con bastante amargura:
- Nada de eso. Llámeme Benjamín. Soy un pobre diablo. Vivo constantemente insatisfecho.
En sus ojos se deja ver su frustración, quizás porque un diablo no puede pactar consigo mismo, tiene que pelear por sus sueños como cualquier mortal.
- Devuélvamelo, por favor- me ruega.
La frustración y angustia del diablo son tan humanas que me conmueve y le doy el cuaderno.
- Gracias- me dice el diablo - Se lo debo todo.
- Merece – le dije yo- que soy un poco hereje.- Lo entiendo. Usted ha perdido el paraíso. ¿Dónde vive?
- No. No lo perdí. No lo quise. El paraíso es una mentira de plástico, parecida a los pesebres. A veces pienso que lo soñé y que solo pasé una temporada en un hotel de alta rotatividad. Vivo en Montevideo, que es una dama de la noche, y ella me ha contado sus vergüenzas…En ese cuaderno está todo…- y agrega, esta vez haciendo sibilina su voz: “El diario del diablo”
Pura “D”. Quisiera que me contara. Mi deseo de saber se apodera cada vez más de mí. Parece que él me adivinara el pensamiento.
- Lo que hay allí no es para cualquiera.
Me tienta. Me tienta. Es poderosa tentación tener la verdad…
- ¿Puedo sacarle una fotocopia a su cuaderno para leerlo? - le pregunto?
- Eso depende de lo que usted esté dispuesta a sacrificar.
- ¿Mi alma?
- Puede ser…Su alma o su esperanza que es lo que importa… Pero debo advertirle que un alma sin esperanza no es más que el vientito que mueve las cortinas y las hojitas de los árboles. Debe comprender el alcance de este contrato, porque no habrá marcha atrás.
Es honesto ahora- pienso- Antes no, porque no hay duda que conoce mi charquito. Su olvido del cuaderno fue deliberado. Eso era lo que deseaba desde que entró hoy más temprano a la papelería, a sacar las fotocopias. Claro, para qué iba a necesitar el Diablo fotocopias… Un efluvio literario me envuelve: Si Dante tiene razón, la esperanza en el Infierno se cotiza como oro.
Miro mi charquito y me empiezo a despedir.
Sé que se está saliendo con la suya, sé que me está enredando en su pacto y obtendrá lo que quiere.
Mi charquito se pone amarillento y empieza a naranjear…
Todo se pondrá rojo
Hasta que no quede esperanza
- No hay pacto – dice el Diablo- Hasta el Diablo debe poder resistir su propia tentación. No quiero su esperanza. No quiero tenerla. ¿Para qué? Yo quiero seguir amándola a usted, Anita, y usted no sería usted sin su charquito. Yo quiero desear tenerla, verla ahí a usted, Anita, y mantener para siempre el deseo vivo de obtenerla a usted y a su esperanza. Quizás no la obtenga nunca y probablemente eso sería lo mejor... Ese será mi paraíso: vivir en vilo, intensamente, en perpetuo estado de amor y deseo por usted y su esperanza. Quiero que cuando usted me mire, se me triture el alma como hasta ahora. Mi amor no seguiría intacto en el transcurso de su vida mortal si yo mismo hiciera que su alma fuera solo un vientito.
En ese instante descubro una de las verdades del cuaderno. Él hablaba de mi. Una lágrima salada se me cuela por la comisura.
-Usted no encontrará nunca este cuaderno. Lo dejaré escondido aquí para siempre. No hay mejor lugar para esconder algo que una papelería.
Cuando dijo eso todos los cuadernos y cuadernolas de la papelería, hasta los que estaban en los más altos anaqueles, y también su cuaderno, empezaron a girar. Volaban bajo el cielo raso de la papelería en cámara lenta, sin siquiera abrirse en el aire, como si fueran miles de alfombras mágicas. Eso duró apenas un minuto, pues cuando los hubo entreverado bien, volvieron a sus estantes altos y la verdad quedó sepultada bajo montañas de papeles en blanco.
Me queda mi charquito de esperanza, pero que parece bien poca cosa al lado del amor que me hace adiós con la mano desde la puerta. ¿Dónde obtendré un amor que cuide tanto de su propia sobrevida? ¿Y la verdad?
Y si...
Voy a buscar una escalera.

martes 10 de agosto de 2010

Papelería Los inmortales: Eros y Jehová

“Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego…
Pido a tus manos todopoderosas,
¡Su cuerpo excelso derramado en fuego
Sobre mi cuerpo derramado en rosas!

Delmira Agustini. Acá estoy, en la papelería memorizando su poema para el examen de Literatura Uruguaya. Al otro día de haber fallecido Don Alberto no pude presentarme, así que ahora estoy otra vez sobre los libros, las fotocopias y los cuadernos, a ver si puedo aprobarlo de una santa vez. Pero Delmira me hace alucinar. Cada vez que levanto la vista le veo colocarse en pose para la foto. Ahora mismo está con un sombrero negro que tiene encima un enorme pájaro también negro. Ella pone su mano bajo su mentón y se sienta en una silla que hay al costado de la entrada de la Papelería. Desde ahí, me clava los ojos todos pintados de negro, arriba y abajo. Las formas son redondeadas y dadivosas y la boca rojo sangre. Bajo la vista y trato de concentrarme. No quiero que me hable. Pero no puedo. Miro otra vez y ahora está de pie, más cerca, mirándome fijo, los hombros desnudos, sin sombrero, con el pelo que le rebasa los hombros, adornado con una rosa.
Al final no tengo más remedio que levantar la vista, porque entra un cliente. El Sr. Rey. Su visita es habitual. Siempre es muy serio y formal. Casado, con dos hijas. Extremadamente respetuoso, tímido, puritano. Dice la de la carnicería de al lado que es Testigo de Jehová, practicante fervoroso, de esos que salen a reclutar gente, puerta a puerta, y que una vez entró en la carnicería con folletos y ella se los agarró y después envolvió la carne que quedó toda teñida, sobre la grasa, con grabados de Jehová y la virgen
- Buenos días. Necesito plasticina. Es como para hacer una maqueta que le mandaron hacer en la escuela a mi hija.
No puedo contestar enseguida, porque cuando lo miro veo que Delmira se le acerca, con actitud de fantasma malo de Gasparín. Lleva guantes de raso color marfil hasta el codo y le pasa un dedo por la cara. El Sr. Rey no se inmuta. Respiro con alivio. Observa las cajitas de plasticina que hago deslizar por el mostrador como estuviéramos en un saloon de western y fueran cervezas en jarra. Quizás así Delmira se sienta fuera de ambiente y se vaya.
- Viene en cinco colores- digo rapidito- Cuesta $50,00. ¿La lleva?
Que se vaya enseguida por favor.
- Le traje dos cajitas. Una de colores normales y la otra con colores flúo.
- Pero Anita- Me dice Delmira con una voz grave y susurrante- No lo corras. Dejáme ayudarte un poco. Dejá que el caballero sienta tu presencia. Yo te voy a enseñar. ¿De qué te sirve la literatura escondida atrás de ese mostrador?
Esta vez se quita el guante y lo acaricia. Se sube al mostrador con una agilidad de felino. Me tapa un poco al Sr. Reyes. No es transparente. Se recuesta y de pronto escucho que dice:
- ¡Así tendida soy un surco ardiente, donde pueda nutrirse la simiente de una Estirpe sublimemente loca!
De pronto no veo más el recorrido de la mano de Delmira, porque queda oculta tras su cuerpo y el mostrador. Entonces, como estoy nerviosa, hablo. Hablo y hablo. Saco la plasticina de su caja y voy mostrando uno a uno los colores, nombrándolos, como si estuviera dando una clase en jardinera de cuatro años.
- Como le decía, viene en cinco colores. Azul, rojo, amarillo, verde y blanco. No mancha la ropa. No es tóxica. Puede ser utilizada a partir de los tres años. Y tiene además las que son color flúo en esta otra cajita.-
Estoy pronta para un casting.
Mientras digo esto, Delmira se evapora de encima del mostrador y puedo ver ahora las huellas de sus besos en los cachetes regordetes del Sr. Rey. Es un fantasma con cosmética. La noto más lanzada ahora que es fantasma. Porque después de todo, ella escribía con erotismo, pero se portaba de una forma bastante recatada, no como ahora. La muerte le liquidó las represiones.
- Señorita- me dice el cliente- sabe que he entrado muchas veces aquí, pero es la primera vez que la veo, creo. No sé como no la noté antes porque su presencia se hace sentir, o ¿será que usted es nueva?
- Dame las gracias, nena- me dice Delmira.-
La ignoro.
- No, señor- le digo mientras veo multiplicarse las huellas de besos en el cuello de la camisa del Sr. Rey- Hace tiempo que trabajo aquí. Siempre lo atiendo.
Empiezo a modelar la plasticina flúo con mis manos tratando de descargar la tensión, tipo amansa loco.
Delmira le está diciendo al oído:
- Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones, de palomos, de buitres, de corzos o leones…
Esta alucinación se tiene que terminar de una vez.
- ¡Andate!- le digo a Delmira.
El Sr. Rey se ruboriza como cuando te pescan en una falta.
- ¿Por qué me echa? ¿Acaso usted ha sido bendecida por Jehová y es capaz de leer mis pensamientos? Discúlpeme si he sido muy efusivo en ellos. Yo solo trataba de pensar en lo bonita que es usted. Me siento perturbado. Estoy fuera de mi…Me provocaste un impacto, nena. No sé ni cómo te llamás, pero necesito estar con vos. Te amo. No puedo esperar más…
Estaba agitado, al borde del bronco espasmo.
Los rollos de plasticina en mis manos se habían vuelto tallarines.
- Quiero ser tu león, tu palomo. Me urge que hablemos en un sitio más tranquilo, mantequita ¿Hay un cuartito en el fondo?
Con uno de los tallarines de plasticina estrangularía a este palomo. Pero él no tiene la culpa. Está poseído.
- No puedo corresponderlo Sr. Rey. Además, estoy estudiando.
- ¿Qué estudiás? Todo lo tuyo me interesa.
- ¿Aprendiste algo hoy, no?- me dice Delmira- No hay que desperdiciar la vida. Se va muy rápido. Hay que sembrar la simiente.
El palomo de Jehová había perdido ya toda compostura:
- Tú eres la cerradura para mi llave- me decía, parafraseando a Delmira, mientras yo me esforzaba por no pensar en su llave- Quiero verte desmayada en rosas. Eros, padre mío, necesito que me la entregues- seguía diciendo entreverando versos con prosa, poseso - No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor…
Miré al Sr. Rey, miré a Delmira, miré otra vez al Sr. Rey, otra vez indecisa no sabiendo a cuál de los dos contestar. Pero la respuesta tenía que ser inmediata porque él ya se estaba trepando al mostrador. Desde allí decía:
- Estoy en la ultra tierra de un plinto. Soy un antiguo emperador.
Seguro que desde el plinto este testigo de Jehová vuelto estatua modernista, pretendía saltar sobre mí. Él ya estaba preparándose para el salto de león o de corzo o más bien de tigre, y se me ocurrió este recurso extremo:
- ¡Oh, Dios!, ¡Oh Virgen!, ¡Oh, Santos Apóstoles de los primeros, medios y últimos días, que seguramente también estáis en el cielo! Bienaventurados sean los castos y los puros porque de ellos será el Reino de los Cielos! Oh, Jehová! Te pido que seas mi testigo y expulses de aquí a este pecador. Que se vaya y se arrepienta, y que por favor, ya no pise más esta papelería. Si me concedes este deseo, te lo llevas de aquí con o sin su plasticina, y le haces dar un baño bien frío, te prometo rezarte todos los días, bendito Jehová mío, y serte fiel en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, esposo mío, amén.
Mi oración casi exorcista no respetó las convenciones ni el catecismo, pero el asunto fue que Delmira desapareció al instante y el Sr. Rey, después de que su cabeza diera vuelta como la de Linda Blair y la de los búhos, varias veces, salió despavorido dándose golpes en el pecho con una caja de plasticina, gritando Mea culpa, Mea grandísima culpa y no ha vuelto a venir.
Arriba del mostrador quedaron los $50 pesos y los tallarines de plasticina de la otra caja.
El examen de literatura lo aprobé con mi insight sobre Delmira. No hay nada como la experiencia directa. Además, desde ese día soy Testigo de Jehová y mi película favorita es “El exorcista”.

jueves 5 de agosto de 2010

La selva

La selva

El aire estaba denso y macizo de tanta lluvia tropical. Por momentos yo respiraba un vaho de cieno y de plantas podridas.
Había olor a humedad, a musgo, aroma ofensivo a animal y a selva.
Al comienzo solo se escuchaba un borbollón de un agua que formaba remolinos, pero después, por un rato, sólo se percibió un silencio de muerte.
Adelante se veía de un negro rotundo el bosque, y era tan negro que fundía todas las formas de los árboles, sin que se pudiese distinguir ninguna en particular.
El suelo estaba lleno de helechos, grandes hongos, hierba, piedras y troncos. También había en el suelo algún que otro hueso triturado.
Una enredadera entretejía todo el entorno. Costaba caminar por aquella madeja de vegetación que se atravesaba, trepándose a las horquetas. En una de estas se veía un panal de abejas en plena producción.
No había forma de pasar como no fuera trepando y esquivando.
Las culebras perseguían a los sapos. Las cañas tacuaras emergían por todas partes.
Un flamenco mantenía sus largas patas rojas metidas en un gran estanque. A su lado, una tortuga se alimentaba de hierbas tiernas.
Decenas de mariposas estaban paradas sobre las hojas y los troncos y también sobre la fotocopiadora.
Se habían posado sobre las perillas de los cajones que aún se veían entre el follaje. Algunas se amontonaban hechizadas bajo las luces de neón de la vidriera y caían desplomadas por el calor, pero otras desfilaban como ejército colonizador entre los grillos, los escarabajos y las langostas por el mostrador.
Una mariposa enorme, roja y sedosa se había colocado sobre la caja registradora. En el botón de la alarma había otra, transparente y bellísima.
Ninguna mariposa volaba. Solo parecían latir, con un tenue movimiento acompasado que parecía armonizarse, en su abrir y cerrar de alas, con la diminuta percusión de los grillos. Un mosquito enorme me picó en la mano.
Al fondo de mi querida papelería ahora transfigurada, estaba sentado el fantasma de Horacio Quiroga. Sonreía, gesto bastante raro tratándose de él.
- Estimada señorita- me dijo sin asomo de sorpresa, como si me estuviera esperando- Me he tomado el trabajo de recrear aquí mismo mi ambiente porque quisiera pasar en su compañía al menos una temporada.
- Ahá – le dije con mi escueta elocuencia -.
No quería oponer resistencia de inmediato.
Me toma las manos. Son manos largas, huesudas, manos que han trabajado la tierra, que han levantado paredes, destilado naranjas, abierto camino a machetazos en la selva, arbolado mesetas, dirigido bicicletas, labrado actas en papelitos multicolores, escrito cuentos, hecho cerámica, alimentado animales, construido canoas, llevado a la boca cianuro de potasio, manos que ahora tienen entre las suyas las mías.
- No me ha dicho qué le parece. Es extremadamente seductor, ¿verdad?
- Bueno, es que me ha tomado usted por sorpresa…
- Desde la primera vez que la visité, he quedado prendado de sus ojos azules y sus cabellos rubios.
El hombre no cambiaba de gustos ni después de muerto.
- Sueño con encontrar una mujer que entienda lo que verdaderamente es la naturaleza, lo que soy yo y pueda seguirme y amarme con devoción. Usted no es como las demás mujeres, que ya me han decepcionado una y otra vez. Usted tiene una sensibilidad diferente. La he estado observando.
- Muchas gracias, Señor Horacio. De veras le agradezco semejante elogio, pero mi corazón le pertenece a otro hombre- Todavía no sé si es mentira o verdad lo que dije, pero fue lo primero que se me ocurrió.
Una mariposa se paró sobre la barba negra del fantasma y éste agitó con rabia la mano para sacársela de encima. Era evidente que lo había desairado y que no esperaba esa respuesta.
- Usted no entiende, señorita, que lo que yo le ofrezco no se compara a lo que pueda darle un hombre común. Ninguno de esos que andan rondándola me llegan a la suela del zapato.
No era momento para corregirlo, pero Horacio estaba de botas. No importa en qué clase de conversación o situación esté sumergida, siempre se me ocurren estas cosas insignificantes. Es quizás una forma de huída.
-Yo le doy sobrevida, inmortalidad- siguió diciéndome- y eso no lo obtendrá con ningún otro y menos en este mundo.
- Pero, Señor Quiroga…Horacio…disculpe mi falta de tacto, pero usted está muerto.
- No me defraude, Señorita Ana. La muerte no me impide amarla. La muerte me ha liberado del dolor y la enfermedad. Me ha hecho libre. Con gran generosidad, le ofrezco lo mismo. Basta de mediocridad y de desencanto. La muerte es la única experiencia que merece vivirse a voluntad, la única más intensa que el amor.
- ¿Usted me está pidiendo que vaya con usted al más allá?
- No veo por qué no. Otra estaría pidiéndomelo de rodillas.
- ¿Viviríamos en un ataúd?- pregunté inoportunamente
- ¡Qué chiquilina encantadora!- dijo él, riendo, cuando yo pensaba que se iba a irritar por mi pregunta- No soy un vampiro…
- Es que yo estoy viva y no veo cómo viviríamos juntos porque mientras la muerte no me lleve…
- Eso se puede arreglar- dijo.
Instantáneamente, entró la muerte a la papelería - selva. Desapareció la humedad y el calor y una fina helada empezó a caer sobre los helechos, ennegreciéndolos. Las mariposas empezaron a caer muertas sobre el suelo, las culebras a retorcerse y yo a sentir que me faltaba el aire.
- Me llamaste, Horacio- dijo la muerte.
- Si. Quiero llevármela.
La muerte me puso la mano en la frente y la boca en mi oído y pensé que había llegado mi fin. Pero entonces pude escuchar su fina e irritada voz susurrándome que Horacio era sólo de ella.
Después mintió, fuerte, a Horacio:
- Está protegida. Ni yo puedo.
La muerte me soltó y me caí al piso. Horacio no me ayudó a levantarme.
Salió de la papelería muy enojado, dando grandes zancadas.
La muerte iba caminando atrás, dándole explicaciones y rogándole que la esperara.
Al levantarme, de toda la selva de la papelería solo quedaba el flamenco. Le abrí la puerta y se fue por la calle Paraguay hacia 18 de julio.

lunes 2 de agosto de 2010

Papelería "Los inmortales": La ceguera

II La ceguera

Hoy me levanté malhumorada. No tenía ganas de venir. Esto de estar sacando fotocopias me está reduplicando la mediocridad y quintuplicando la torpeza. Yo debo tener algún problema de coordinación, porque últimamente abro la tapa antes de que pase el fogonazo de luz y quedo enceguecida unos segundos.
- Buenas tardes- La voz me sobresalta porque estoy tratando de coordinar mano, ojo, pies y brazos después del último fogonazo que miré tan detenidamente.
- Buenas tardes, disculpe. Es que estoy un poco ciega por la luz de la fotocopiadora.
- Yo del todo
- No entiendo- digo todavía refregándome los ojos.
- ¿Usted estaba cuando yo abrí la tapa?- Ahí ya lo veo y me doy cuenta de que es ciego, porque tiene lentes negros y un bastón blanco, y ya no sé cómo hacer para sacar la pata que metí tan adentro.
- No, es que soy ciego. Siempre.
- Si, ya me di cuenta. No antes, sino ahora, cuando pude verlo. Disculpe que yo sí pude verlo.
-¿Por qué pide disculpas?
- Es que algunas veces me siento mal de estar bien. Digo, me siento mal, como culpable, como en falta. Perdone. En realidad, no tendría que pedirle disculpas. Porque mi cabeza me dice que no hice nada malo, pero igual lo tengo que hacer. Es como una compulsión. Bueno, discúlpeme, por favor. No es un buen día para mí.
- Ya veo- dice el ciego y se empieza a reír a carcajadas.
Se está riendo de mi, pienso, y me resuelvo a acelerar las cosas para que se vaya de una vez. Con mi mejor tono seco le digo qué necesita señor. El me dice no se enoje, fue un chiste, y que lo ayuda a vivir saber reírse de sí mismo. Recién ahí entiendo el chiste y me viene como una ola de empatía. A mí, cuando me vienen estas olas, verdaderamente me sumergen, así que resuelvo que mientras él esté en la papelería, voy a ser totalmente ciega, como él y que lo voy a atender cómo pueda, con los ojos cerrados.
- Linda música está escuchando- me dice el ciego. No me gusta pensar en él como “el ciego”, porque los vapores literarios que me salen de la cabeza lo asocian de entrada con el ciego de El Lazarillo de Tormes y tiendo a abrir los ojos por si resulta tan mala gente como aquél. Pero no. Dejo los párpados firmemente cerrados.
- Gracias, es la radio. No sé qué es.
- ¿La puede subir un poquito?
- Si, como no…
Se escucha un estruendo porque al tantear la radio se me cae una pila de cuadernolas al piso.
- ¿Qué pasó? ¿Qué hace? ¿Se lastimó? ¿Hay alguien aquí que pueda ayudarla?
- ¿Cómo qué paso? ¿Usted dice por el ruido? ¿Si hay alguien que pueda ayudarme? No hay nadie. Pero solamente se me cayó un paquete de cuadernolas que estaba al lado de la radio. Pero ya está. A mi no me pasó nada. ¿Ve?
Otra vez metí la pata. Se escuchan las risas ahogadas del ciego. Sí que sabe reírse de si mismo este hombre.
Por fin, tanteando creo encontrar la ruedita del volumen, pero no es, y cambio de dial. Ahora se escucha el informativo. Sigo dándole vuelta para volver a la música. Tengo los párpados tan cerrados que me duelen.
- Ahí está- digo cuando por fin la vuelvo a encontrar. Muevo la mano a la izquierda y en lugar de subir la música apago la radio. No hay caso, no nací para ciega. Ay, perdón, menos mal que lo pensé, pero no lo dije en voz alta.
-¿Qué pasó?
- Apagón- le miento.
Ya no puedo asumir más errores
- No puede ser. Esta lámpara sigue prendida.
Seguramente se refiere a la lámpara que ilumina una de las promociones de las calculadoras científicas. Cuando cerré los ojos él estaba ahí cerca y debe seguir sintiendo el calor.
- Si, hay apagón- insisto con la mentira. Lo que pasa es que esa luz tiene una batería.
-¿Qué quería llevar?-
Los párpados me pican y me arden. Pero no puedo volverme atrás. Hubiera sido mejor que fuera de veras un apagón… Esa es la solución. Tanteo y apago la llave general y quedamos los dos a oscuras. Somos dos seres reunidos por la oscuridad… ¡Oh!, me digo que tengo que dedicarme a la escritura, por Dios, qué frase… Espero poder recordarla luego. Puedo por fin abrir mis ojos. Cuando lo hago, todavía hay una tenue penumbra porque viene luz de la calle, de la luz a mercurio. Me refriego los ojos y veo una silueta en la puerta. Una silueta que lleva un bastón. Más bien lo revolea. Antes de irse, me señala con él, mirando directamente al lugar en el que estoy y me dice que le da lástima robar a una mina tan rayada. Que me haga ver.

viernes 30 de julio de 2010

Papelería de los inmortales : Don Alberto

I
Don Alberto

Hoy vino el dueño de la Papelería: Don Alberto.
Me mira por arriba de sus medios lentes.
Me sonríe debajo de los finos bigotitos blancos.
No puede venir muy seguido porque está bastante enfermo. No se casó nunca. Dedicó su vida a esta papelería, que fue de su padre y antes de su abuelo.
El salón se metamorfosea cuando él pasa por la puerta. Normalmente es opaco. Hoy, cuando llegó, los anaqueles y las cajitas, las gomas y los papeles de celofán se pusieron más relucientes. Millones de diminutas partículas de polvo depositadas relumbran todavía ahora, festejando, mientras se está poniendo la túnica para trabajar. Siempre está disponible en el perchero, y tiene su nombre bordado en el bolsillo superior.
Don Alberto pasa la mano por arriba de los lápices de colores, abre las cajas y prueba las puntas con su dedo índice. Abre los cuadernos y se abanica la cara con el pasaje rápido de las hojas que se deslizan por la punta de su yema. Escribe con las biromes en un papel para ver si todas funcionan bien. Dice que a las lapiceras hay que hacerles circular la sangre como a las personas. Busca en los estantes de los libros para chequear si están todos los que encargó.
Hoy llegó y se puso a atender público.
- Deje- Don Alberto- que yo atiendo.
- No- me dijo- Hoy me toca a mí. Vos, chiquilina, sentáte un poco que debés estar cansada. Aprovechá para estudiar ¿No me dijiste que tenés examen mañana?
- Gracias, Don Alberto- le digo- y me siento con mi cuaderno de literatura uruguaya.
Busco el esquema del 900 que hicimos la última clase. Reviso los apuntes sobre Horacio Quiroga. “Al examinar el lugar que la muerte ocupa en la obra de Quiroga, se impone otra vez, inevitablemente, la referencia a su experiencia vital. Primero su padre, luego el suicidio de la primer esposa…” Pero no puedo. Porque pienso en Don Alberto. Debe ser el único patrón que no deja trabajar a sus empleados y la única persona que conozco que se deshace por atender bien a los demás.
Es el hombre del que estoy enamorada y no me importa que tenga sesenta años más que yo. Lo amo calladamente cada vez que lo veo. Tengo que volver a Quiroga.
“Para Quiroga, la muerte es un acontecimiento universal, es una ley inexorable que la naturaleza se ha impuesto a sí misma, y el hecho de morir no es, tal vez, la enajenación total, no es la soledad definitiva, es el acto por el cual comulgamos con la totalidad del universo”
Me vuelvo a distraer, mirando a Don Alberto.
- Diga, Señora, ¿Qué necesita? Pregunte que no molesta para nada. Es un placer servirla. ¡Qué alegría verlo por acá, Sr. Paredes! Tanto tiempo… ¿Su señora cómo sigue? De eso no me queda, pero a ver, creo que por acá tengo unos compases alemanes que son de lo mejor. Y no se preocupe si no le alcanza. Cuando pueda me lo trae.
Entra un hombre de barba, delgado, fantasmal, vestido con cuidada desprolijidad, que ha dejado su bicicleta también añeja y marrón en la vereda. Al lado de la bicicleta hay una señora parada, delgada y alta, también vestida de marrón oscuro, a la que no logro verle la cara, porque está de espaldas. La alfombra de alto tránsito de la papelería se pone sepia cuando él la pisa. Lo mismo le pasa al mostrador cuando él lo toca. Todo lo envuelve el marrón. Don Alberto se dirige a él.
- Yo a usted lo conozco- le dice
- Pero yo a usted no lo recuerdo- Se lo dice con unos modos bastante secos.
- No, dice Don Alberto. No nos conocimos. Pero yo lo leí a Ud. y esta chiquilina lo está estudiando.
Mientras él dice eso, me tiemblan las manos y se me cae el cuaderno. Las emociones fuertes siempre alteran mi motricidad.
El fantasma de Horacio Quiroga recoge mi cuaderno – que automáticamente se pone sepia- y pasa las hojas. Su cara va cambiando. Primero se asombra, después de un momento, al leer más de dos páginas, se exaspera y por fin empieza a reírse sujetándose el hueco donde estaría la barriga si la tuviera.
- ¡Es increíble!- Sigue riendo hasta que lo interrumpo, bastante molesta porque no seré una estudiante brillante, pero he escrito todo lo que mi profesor de Literatura Uruguaya ha dicho en sus clases.
- Discúlpeme, Don Horacio, si mi cuaderno lo ofende.
- Pero no, señorita… Es que no me reconozco a mí mismo en estos apuntes. ¿Usted trabaja aquí? ¿Sabe que es muy linda?
En este punto Don Alberto lo interrumpe y le pregunta qué necesita. Nunca ha permitido que ningún cliente se propase con ninguna empleada, y no va a hacerlo ahora, aunque se trate de Horacio Quiroga o de su fantasma o lo que sea. Cuando hace eso, amo más a Don Alberto.
- ¿Qué andaba necesitando, Don Horacio?- le dice mi patrón.
- Yo, nada, pero me pidieron que entrara acá a buscarlo, Don Alberto. Aquella señora que está en la puerta no quiso impresionar a esta señorita y me pidió que entrara yo. Usted se viene ahora con nosotros. Despídase.
- Pero- digo yo- Pero… ¿Qué hace usted con ella?
- Señorita, la muerte me acompañó en la vida y en el arte… ¿Por qué pensar que después podría librarme de ella? Además, ya estoy tan familiarizado…
Don Alberto se saca la túnica y en lugar de colgarla en el perchero la dobla y me la da. Me mira con dulzura. Entonces se lo digo. Le digo que lo amo y que no me importa lo que digan los demás, que lo he amado desde que lo conocí. Don Alberto me mira otra vez, con ojos que se le ponen jóvenes, y me dice:
- Gracias, chiquilina. Muero y descubro el amor al mismo tiempo… ¡Qué revelación! Horacio, me mentiste, esto no es morir.
- ¡Anita, chiquilina!- dice, mientras la muerte lo va envolviendo.
Lleva la mano a la boca, la besa y me sopla un beso que atrapo en mi puño. Él me está viendo todavía cuando lo llevo a mi boca.

(Continuará)

domingo 25 de julio de 2010

CARTA AL SANTI DESLIZADA POR DEBAJO DE LA PUERTA

Atrás de la puerta
entornada apenas
hincan agudos dientes
dolores y penas
Detonan los por qués
de las trincheras
Se enciende la mecha
seca de la bronca
y se da pelea

Cuando la puerta
se mueve se entrevé
dulce y grosa
tu mirada maestra
y se escuchan
tus preguntas alertas
tus puteadas
al roce de las sábanas
de algodón,
a la comida aséptica
al saludo bobalicón

Ojalá tengas ampollas
de voluntad alfarera
y que de ellas sea
tu mejor borrachera

Está en retirada
la feroz madamisela
la más puta
la más fiera
y sólo merodea
por nuestras azoteas:
aspirante a musa
perra, fea, hueca

Que sirva para algo:
hay que ponerle un burdel
y cafiolarla a lo guapo
que yire en otro andén

Allá va...Vean
hacia otra autopista
hace dedo, hace señas
llora y se menea
su maquillaje se chorrea
revolea la cartera
Allá va... Vean...
Un campo atraviesa

-Lo querías, no sos boba, cuerva
Una pena para ti...
Es hora de siembras
si querés llorar, llorá, perra
pero no podrás hacer la siega...



Acá, atrás de la puerta
de la habitación
miramos por la cerradura
ya somos legión
esperamos la acuarela
en puntas de pie
el cuento el poema
se escucha el rumor
trepamos a la avioneta
se enciende el motor
se siente el perfume
se siente el amor